El camino de la pasión. López Velarde leído por Octavio Paz.

El camino de la pasión: López Velarde.
Octavio Paz
Seix Barral
Bella y profunda mirada de un poeta a otro. En este libro de ensayos, el único Premio Nobel de Literatura mexicano, hace una extensa e interesante lectura del poeta zacatecano. En sus páginas la lucidez y erudición acerca del arte poético se dejan leer con claridad en aras de entender mejor al poeta fundador “de la poesía mexicana”. Un amoroso estudio que nos lleva de la mano por las formas, influencias y los datos más importantes de la vida del autor de La suave patria.
El ensayo que da nombre al libro apareció por primera vez en forma de prólogo para la Anthologie de la poésie mexicaine, Nagel, París, 1952. Mismo del que reproduzco aquí los últimos párrafos, que hablan de la función del poeta y la poesía en nuestra sociedad contemporánea.
No hay poesía sin historia pero lo poesía no tiene otra misión que transmutar la historia.
Hecha de la sustancia misma de la historia y la sociedad: el lenguaje, la poesía tiende a recrearlo bajo leyes distintas a las que rigen la conversación y el discurso. La transmutación poética opera en la entraña misma del idioma. La frase —no la palabra asilada— constituye la célula, el elemento más simple del habla. La palabra no puede vivir sin las palabras; la frase, sin las frases. Una frase u oración cualquiera contiene siempre, implícita o explícita, una referencia a otro y es susceptible de ser explicada por otra frase. El lenguaje es un querer decir y de ahí que constituya un conjunto de signos y sonidos móviles e intercambiables. La poesía transforma radicalmente al lenguaje: las palabras pierden de pronto su movilidad y se vuelven insustituibles. Hay varias maneras de decir una cosa en prosa, sólo hay una en poesía. El decir poético no es un querer decir sino un decir irrevocable. El poeta no habla del horror, del amor o del paisaje: los muestra, los recrea. Irrevocables e insustituibles, las palabras se vuelven inexplicables —excepto por sí mismas. Su sentido no está más allá de ellas, en otras palabras, sino en ellas. Toda imagen poética es inexplicable: simplemente es. Y del mismo modo: todo poema es un organismo de significaciones internas, irreductibles a cualquier otro decir. Una vez más: el poema no quiere decir: dice. No es una frase o una serie de frases sino una indivisible constelación de imágenes, mundo verbal poblado de visiones heterogéneas o contrarias y que resuelven su discordia en un sistema solar de correspondencias. Universo de palabras corruptibles y pocas pero capaz de encenderse y arder cada vez que unos libros las rozan. A ciertas horas y por obra de ciertas bocas, el molino de frases se convierte en manantial de evidencias sin recurso a demostración. Entonces se vive en pleno tiempo. Al reafirmar a la historia, el poeta la disuelve, la desnuda, le muestra lo que es: tiempo, imagen, ritmo.
Cuando la historia parece decirnos que quizá no posee más significado que ser una marcha fantasmal sin dirección ni fin, el lenguaje acentúa su carácter equívoco e impide el verdadero diálogo. Las palabras pierden su sentido y, por tanto, su función comunicativa. La degradación de la historia en mera sucesión entraña la del lenguaje en un conjunto de signos inertes. Todos usan las mismas palabras pero nadie se entiende; y es inútil que los hombres quieran ponerse de acuerdo sobre los significados lingüísticos: el significado es incierto porque el hombre mismo se ha vuelto encarnación de la incertidumbre. El lenguaje no es una convención sino una dimensión inseparable del hombre. Por eso toda aventura verbal posee un carácter total: el hombre entero se juega la vida en una palabra. Si el poeta es hombre de palabras, poeta es aquel para quien su ser mismo se confunde con la palabra. De ahí, también, que sólo el poeta pueda fundar la posibilidad del diálogo. Se destino —y singularmente en épocas como la nuestra— consiste en “dar sentido más puro a las palabras de la tribu”. Mas las palabras son inseparables del hombre. Por tanto, la actividad poética no se resuelve fuera del poeta, en el objeto mágico que es el poema, sino en su ser mismo. Poema y poeta se funden porque ambos términos son inseparables: el poeta es su palabra. Tal ha sido, durante los últimos cien años, la empresa de los más altos poetas de nuestra cultura. Y no es otro el sentido del último gran movimiento poético del siglo: el surrealismo. La grandeza de esta tentativa —frente a la que ningún poeta digno de este nombre puede permanecer indiferente— consiste en que pretendió resolver de una vez, para siempre y a la desesperada, la dualidad que nos escinde: la poesía es un salto mortal o no es nada.
En las actuales circunstancias puede parecer irrisorio referirse a estas extravagantes pretensiones de la poesía. Jamás la dominación de la historia fue tan grande y nunca tan asfixiante la presión de los “hechos”. A medida que la exigencia despótica del quehacer inmediato se vuelve intolerable —pues se trata de un hacer para el que nadie nos pide nuestro asentimiento y que casi siempre está dirigido a deshacer al hombre—, la actividad poética aparece más secreta, aislada e insólita. Ayer apenas escribir un poema, enamorarse, asombrarse, soñar en voz alta, eran actos subversivos que comprometían el orden social, exhibiéndolo en su doblez. Hoy la noción misma del orden ha desaparecido, sustituida por una combinación de fuerzas, masas y resistencias. La realidad histórica ha arrojado sus disfraces y la sociedad contemporánea se muestra tal cual es: un conjunto de objetos “homogeneizados” por el látigo o la propaganda, dirigidos por grupos que no se distinguen del resto sino por su brutalidad.
En estas condiciones, la creación poética vuelve a la clandestinidad. Si el poema es fiesta, lo es a deshoras y en sitios poco frecuentados, festín en el subsuelo. La actividad poética redescubre toda su antigua eficacia por su mismo carácter secreto, impregnado de erotismo y rito oculto, desafío a una interdicción no por informulada menos condenatoria.
El poema, ayer llamado al aire libre de la comunión universal, sigue siendo un exorcismo capaz de preservarnos del sortilegio de la fuerza, el número y la ambigüedad. La poesía es una de las formas de que dispone el hombre para decir NO a todos esos poderes que, no contentos con disponer de nuestras vidas, también quieren nuestras conciencias.
Octavio Paz
Seix Barral
Bella y profunda mirada de un poeta a otro. En este libro de ensayos, el único Premio Nobel de Literatura mexicano, hace una extensa e interesante lectura del poeta zacatecano. En sus páginas la lucidez y erudición acerca del arte poético se dejan leer con claridad en aras de entender mejor al poeta fundador “de la poesía mexicana”. Un amoroso estudio que nos lleva de la mano por las formas, influencias y los datos más importantes de la vida del autor de La suave patria.
El ensayo que da nombre al libro apareció por primera vez en forma de prólogo para la Anthologie de la poésie mexicaine, Nagel, París, 1952. Mismo del que reproduzco aquí los últimos párrafos, que hablan de la función del poeta y la poesía en nuestra sociedad contemporánea.
No hay poesía sin historia pero lo poesía no tiene otra misión que transmutar la historia.
Hecha de la sustancia misma de la historia y la sociedad: el lenguaje, la poesía tiende a recrearlo bajo leyes distintas a las que rigen la conversación y el discurso. La transmutación poética opera en la entraña misma del idioma. La frase —no la palabra asilada— constituye la célula, el elemento más simple del habla. La palabra no puede vivir sin las palabras; la frase, sin las frases. Una frase u oración cualquiera contiene siempre, implícita o explícita, una referencia a otro y es susceptible de ser explicada por otra frase. El lenguaje es un querer decir y de ahí que constituya un conjunto de signos y sonidos móviles e intercambiables. La poesía transforma radicalmente al lenguaje: las palabras pierden de pronto su movilidad y se vuelven insustituibles. Hay varias maneras de decir una cosa en prosa, sólo hay una en poesía. El decir poético no es un querer decir sino un decir irrevocable. El poeta no habla del horror, del amor o del paisaje: los muestra, los recrea. Irrevocables e insustituibles, las palabras se vuelven inexplicables —excepto por sí mismas. Su sentido no está más allá de ellas, en otras palabras, sino en ellas. Toda imagen poética es inexplicable: simplemente es. Y del mismo modo: todo poema es un organismo de significaciones internas, irreductibles a cualquier otro decir. Una vez más: el poema no quiere decir: dice. No es una frase o una serie de frases sino una indivisible constelación de imágenes, mundo verbal poblado de visiones heterogéneas o contrarias y que resuelven su discordia en un sistema solar de correspondencias. Universo de palabras corruptibles y pocas pero capaz de encenderse y arder cada vez que unos libros las rozan. A ciertas horas y por obra de ciertas bocas, el molino de frases se convierte en manantial de evidencias sin recurso a demostración. Entonces se vive en pleno tiempo. Al reafirmar a la historia, el poeta la disuelve, la desnuda, le muestra lo que es: tiempo, imagen, ritmo.
Cuando la historia parece decirnos que quizá no posee más significado que ser una marcha fantasmal sin dirección ni fin, el lenguaje acentúa su carácter equívoco e impide el verdadero diálogo. Las palabras pierden su sentido y, por tanto, su función comunicativa. La degradación de la historia en mera sucesión entraña la del lenguaje en un conjunto de signos inertes. Todos usan las mismas palabras pero nadie se entiende; y es inútil que los hombres quieran ponerse de acuerdo sobre los significados lingüísticos: el significado es incierto porque el hombre mismo se ha vuelto encarnación de la incertidumbre. El lenguaje no es una convención sino una dimensión inseparable del hombre. Por eso toda aventura verbal posee un carácter total: el hombre entero se juega la vida en una palabra. Si el poeta es hombre de palabras, poeta es aquel para quien su ser mismo se confunde con la palabra. De ahí, también, que sólo el poeta pueda fundar la posibilidad del diálogo. Se destino —y singularmente en épocas como la nuestra— consiste en “dar sentido más puro a las palabras de la tribu”. Mas las palabras son inseparables del hombre. Por tanto, la actividad poética no se resuelve fuera del poeta, en el objeto mágico que es el poema, sino en su ser mismo. Poema y poeta se funden porque ambos términos son inseparables: el poeta es su palabra. Tal ha sido, durante los últimos cien años, la empresa de los más altos poetas de nuestra cultura. Y no es otro el sentido del último gran movimiento poético del siglo: el surrealismo. La grandeza de esta tentativa —frente a la que ningún poeta digno de este nombre puede permanecer indiferente— consiste en que pretendió resolver de una vez, para siempre y a la desesperada, la dualidad que nos escinde: la poesía es un salto mortal o no es nada.
En las actuales circunstancias puede parecer irrisorio referirse a estas extravagantes pretensiones de la poesía. Jamás la dominación de la historia fue tan grande y nunca tan asfixiante la presión de los “hechos”. A medida que la exigencia despótica del quehacer inmediato se vuelve intolerable —pues se trata de un hacer para el que nadie nos pide nuestro asentimiento y que casi siempre está dirigido a deshacer al hombre—, la actividad poética aparece más secreta, aislada e insólita. Ayer apenas escribir un poema, enamorarse, asombrarse, soñar en voz alta, eran actos subversivos que comprometían el orden social, exhibiéndolo en su doblez. Hoy la noción misma del orden ha desaparecido, sustituida por una combinación de fuerzas, masas y resistencias. La realidad histórica ha arrojado sus disfraces y la sociedad contemporánea se muestra tal cual es: un conjunto de objetos “homogeneizados” por el látigo o la propaganda, dirigidos por grupos que no se distinguen del resto sino por su brutalidad.
En estas condiciones, la creación poética vuelve a la clandestinidad. Si el poema es fiesta, lo es a deshoras y en sitios poco frecuentados, festín en el subsuelo. La actividad poética redescubre toda su antigua eficacia por su mismo carácter secreto, impregnado de erotismo y rito oculto, desafío a una interdicción no por informulada menos condenatoria.
El poema, ayer llamado al aire libre de la comunión universal, sigue siendo un exorcismo capaz de preservarnos del sortilegio de la fuerza, el número y la ambigüedad. La poesía es una de las formas de que dispone el hombre para decir NO a todos esos poderes que, no contentos con disponer de nuestras vidas, también quieren nuestras conciencias.
Comentarios
Un abrazo!
muxo
Muchos abrazos navideños.
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