Absoluto amor

Absoluto amor. [En Poesía completa]
Efraín Huerta.
Fondo de Cultura Económica.
1935.
La poesía de Efraín Huerta alcanzó una sorprendente variedad y una sensible riqueza de registros: desde el canto lírico más hondamente sentido hasta los violentos textos de protesta y de indignación civil; desde la viñeta delicada y aérea hasta el gran fresco histórico. Huerta dio una interpretación ágil y vigorosa del idioma español en su vertiente mexicana y contribuyo decisivamente a poner al día nuestras letras; su obra lírica es ya una de las referencias obligadas —no por ello menos gozosa— para entender el horizonte de la literatura nacional. La tarea artística de Efraín Huerta no estuvo circunscrita a un solo tono, a una sola línea de pensamiento o de sensibilidad; más bien se mantuvo constantemente abierta a los nuevos vientos que soplaban sobre el paisaje de la poesía y de las posibilidades idiomáticas. Miembro destacado de la generación que, en la década de los treinta, su unió entorno a la revista Taller, (conformada principalmente por Octavio Paz, Rafael Solana, Alberto Quintero Álvarez y el malogrado Cristóbal Sáyago), fue marcado profundamente por la Guerra Civil Española y por acontecimientos históricos que poblaron, con intensidad y fervores encontrados, los años de la entreguerra; apasionado e impaciente observador de la realidad social y política, supo dar una vía plena de manifestación dramática a la existencia urbana; por ello, durante largos años su trabajo poético estuvo indisolublemente identificado con las imágenes de sus declaraciones de amor y odio a la Ciudad de México. Pero sus páginas abarcan una verdadera multitud de temas, de perfiles humanos, de preocupaciones, de obsesiones nobles y con frecuencia conmovedoras —cuando no saludablemente provocadoras. La vena venosa y erótica de su obra es de una asombrosa energía afirmativa. . [Fragmento del prólogo al libro de Poesía completa, escrito por David Huerta].
ODA DEL DESTIERRO.
De vena en vena los sonidos grises
y los gritos de mármol de tu abrazo.
He de buscar un día nuestra esperanza
unificada, ausente de tu boca,
inmóvil en los dedos del tiempo,
ansiosa de mi pecho. Con líneas
de jardín y serpiente.
la firma de tu voz, como decir
ahogado entre los labios.
Qué tranquila mi mano
en tus recuerdos, en toda la extensión
de la palabra ausencia.
De pronto el pensamiento que se mece
en llamas de claveles, y nardos
como rayos de humo, y senos
como espacios de plata y azul.
Elegida por mí tu cruel memoria
muy blanca en mi cerebro, prendida
en los cabellos de mi sombra.
Tu virtud que serena soledades
y nudos de minutos, que siembra
tan segura de sí misma
la desnudez del pulso, qué redonda,
vestida de palabras y misterios.
Y tu cuerpo violeta, como noche
nacida en las arterías del tiempo.
Y tu beso pequeño.
Destierro. La inicial de tu nombre
es un destierro negro sin ruta
y sin conciencia. Tus ojos
son espejos al paso de la niebla.
Te amo. Mi amor que va en silencio,
naciendo de su sueño, en el umbral
de tu alma, en torno de sí mismo,
se sabe dibujado
en un paisaje de agua
con los nervios de vidrio. Ahí:
con las espinas de mi pregunta herida
y las manos de asfixia del destierro.
ELEGÍA
Ahora te soñé, así como eras: sin deslices en la voz,
con inmóviles sombras en los brazos
y tus geniales segundos de estatua.
Así como eres todavía: copiándote a ti misma,
cuando no eres ya sino la espuma de tu propia vida.
Bien te sentí en mi sueño como verso divinizado.
Mi tristeza no cabía en el fondo de mi dolor
y fue a manchar la noche de violeta.
El propio ruido de tus piernas habría despertado
los estanques, los recuerdos que a veces olvidamos en los huecos
de los jardines,
las horas que nunca fueron más allá
de donde hoy se desangran segundo por segundo,
el silencio de muchas ventanas,
antiguos y pulidos razonamientos, montañas de destinos.
De un seno tuyo al otro sollozaba un poco de ternura.
Anoche te soñé y no puedo decirte mañana mi secreto
—porque el amor es un magnífico manzano
con frutos de metal envueltos en piel de inteligencia,
con hojas que recuerdan gravemente el futuro
y raíces como brazos sumidos en una nieve de santidad—
la misma ruta de mis dedos no podría encontrarte
ahí donde te guardas tan perfecta.
Yo no sabría elegir sino violentamente mi presencia:
te llenaría de asombro; acaso tu memoria no me crea.
Mi fatiga te gritaría un absoluto amor.
Por el cristal de aumento de la luna
la sonrisa de Dios estallaría.
Y mi cuerpo se deshace en gotas de mañana.
ABSOLUTO AMOR
Como una limpia mañana de besos morenos
cuando las plumas de la aurora comenzaron
a marcar iniciales en el cielo. Como recta
caída y amanecer perfecto.
Amada inmensa
como una violeta de cobalto puro
y la palabra clara del deseo.
Gota de anís en el crepúsculo
te amo con aquella esperanza del suicida poeta
que se meció en el mar
con la más grande de las perezas románticas.
Te miro así
como mirarían las violetas una mañana
ahogada en un rocío de recuerdos
Es la primera vez que un absoluto amor de oro
hace rumbo en mis venas
Así lo creo te amo
y un orgullo de plata me corre por el cuerpo.
1935.
Gran conversador —que por ello padeció especialmente la tremenda operación de 1973—, bebedor infatigable y lúcido, lector voraz y desordenado —pero de un ejemplar sentido del orden en el momento de sentarse ante la máquina de escribir, con libros y recortes a la mano—, amigo leal y padre cariñosísimo, fue un adorador de la Mujer y asimismo de las mujeres, si entendemos el sustantivo con mayúscula inicial en su sentido trascendental, semidivino, y el segundo sustantivo en plural (mujeres) en todo su significado cotidiano y carnal. Fue, por ello, un ferviente buscador de presencias y esencias, un hombre del espíritu y un individuo que buscaba en lo que sucede todos los días alguna maravilla, grande o pequeña —y solía encontrarla con pasmosa frecuencia. Fue además un mexicano amantísimo de su país, que por turnos lo encolerizaba y lo enternecía; mejor dicho, lo irritaba y entristecía ver cómo México se convertía en teatro del deshonor y de la violencia del poder, así como lo conmovía advertir la íntima nobleza de tantos compatriotas. El talante patriótico, que no patriotero, y el erotismo se traban con energía y brillantez admirables para fluir en el poema de 1980 titulado —para anunciar desde ahí su propósito doble— Amor, patria mía. [Fragmento del prólogo al libro de Poesía completa, escrito por David Huerta].
Comentarios
Yo tengo este libro, compilado por Martí Soler.
Huerta también me encanta. Desde los poemínimos, hasta algunas cosas que de plano me hacen llorar o aquellas con las que comparto y digo con él la injusticia, por ejemplo.
Huerta me acompaña desde que leí Transa poética hace muchos años.
Salu2.
un beso y feliz finde!
Besitos.
saludos... Caro de Resonansias... tarde pero sin sue~o.
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