miércoles, julio 16, 2008
Instinto de Inez
Carlos Fuentes
Planeta De Agostini
2001
Carlos Fuentes es una de las más destacadas figuras literarias en México y en el mundo. Es sin duda, uno de los más importantes maestros de la narrativa contemporánea. Sus obras han sido traducidas a un sin fin de lenguas. Su persona ha sido galardonada por incontables premios, siendo el Cervantes de Literatura, quizá el más importante hasta ahora. Pero no es por eso que es uno de mis escritores favoritos.
Su obsesión con el tiempo y su fragmentación narrativa. Su búsqueda del sentido de "lo mexicano" y su poderosa prosa han sido los elementos que a lo largo de mi historia como lector no han llevado a buscar en él siempre cosas interesantes para leer.
En Instinto de Inez, Carlos Fuentes retoma la vertiente "fantástica" de su obra, aquella que le ha valido reconocimiento internacional en títulos como Aura o Una familia lejana. En esta novela somos testigos de dos historias: por un lado, el breve episodio amoroso de Gabriel Atlan Ferrara, director de orquesta, e Inez Prada (también conocida como Inés Rosenzweig) cantante de ópera; por otro, el primer encuentro de la historia de la humanidad entre un hombre y una mujer.
Como las dos caras de una misma moneda, esta dualidad nos transporta a un tiempo remoto donde la pasión transgrede los límites temporales para extenderse sin pausa en la espiral infinita del tiempo.
Un mero pretexto para hablar de los encuentros y los desencuentros amorosos que definen nuestra propia existencia a través del tiempo sin tiempo, que es el tiempo que obesiona a Fuentes. Novela llena de simbolismos que quizá no la hagan tan disfrutable para algunos.
Además, en ella, el autor muestra además su enorme conocimiento musical.
La obra está dedicada a su malogrado hijo Carlos Fuentes Lemus.
viernes, junio 13, 2008
Uno soñaba que era rey
Uno soñaba que era un reyEnrique Serna
Booket
1989, 2005
Un sólido relato. Una novela carnavalesca. Una narración paródica. Una historia que se evade, que se fuga, que se va en una inhalación, que termina en una exhalación. Tomando como punto de partida la convocatoria de un concurso para niños héroes, Enrique Serna dibuja un retablo esperpéndico de la sociedad mexicana contemporánea, con todos sus fantasmas y contradacciones: niños chemos que sueñan con tener una charola de polícia Judicial; niños bien aficionados a cazar nacos; mujeres que gruñen por insatisfacción sexual; empresarios narcisistas adictos a los espejos; lectores de diarios amarillistas con pasiones inconfensables; e intelectuales atrapados en la encrucijada entre la vocación revolucionaria y el pago de la tarjeta de crédito.
Novela que recupera la tradición picaresca, su cinismo, su falta de fe, pero al mismo tiempo, su vigor narrativo, Uno soñaba que era rey se lee con una mezcla de horror y fascinación; horror por la realidad que describe, fascinación por la sangrienta ironía y la sorprendente variedad de recuros que Serna despliega para narrar y reírse de lo narrado. En ese sentido, estamos ante un relato que tiene la capacidad de autoparodiarse.
Esta es una edición revisada y corregida por el autor, quien se confirma como uno de los escritores más transgresores de la literatura mexicana actual. Un inteligente artista que tiene las agallas para mostrar al México profundo en toda su descomposición. Desde mi punto de vista es una novela de terror y horrores; y al mismo tiempo es un excelente ejemplo de la rebeldía inteligente que caracteriza a su autor.
viernes, junio 06, 2008
Flores o de cómo construir una novela a partir de retazos

Flores
Mario Bellatin
Joaquín Mortiz
2001
Mario Bellatin es uno de esos artistas polémicos a los que sólo puedes acercarte de una manera directa y clara. Es uno de esos escritores a los que odias o amas profundamente, pues no permite las medias tintas. Para algunos es uno de los escritores mexicanos más propositivos de las últimas dos décadas. Para otros un arrogante, ególatra y falso autor.
Su universo es tan complejo y a la vez tan simple. Tan autobiográfico y a la vez tan literario, que es díficil —sino imposible— determinar donde acaba uno y empieza el otro.
Su literatura tan plagada de obsesiones como las deformidades físicas, las mutaciones y las amputaciones (quizá porque él mismo es manco); la decadencia social y espiritual del ser humano; la metaliteratura (el análisis de la literatura y su proceso creador desde la misma obra) y la autorreferencialidad (le encanta hacer mención de otras obras suyas precedentes, así como de personajes, escenas o simples títulos de anteriores novelas o cuentos).
Un artista obsesionado con la literatura y sus procesos estructurales. Amante de las técnicas orientales de contar historias. A Bellatin lo que le interesa es la construcción de una historia a partir de la fracturación de la misma. Goza mostrándole al lector los andamiajes sobre los que se sustentan sus obras. Pero al mismo tiempo comienza a crear universos plagados de ambigüedad, siendo ésta precisamente su herramienta por excelencia. La ambigüedad de sus relatos es una arma de doble filo, porque puede ser que te parezcan de lo más literarios y, por ello, interesantes o bien que te resulten demasiado autobiográficos , demasiado “clavados”, quizá hasta pedantes.
Conozco a varios colegas escritores que lo detestan y denostan a muerte. ¿Será pura envidia? Pero también conozco a muchos lectores inteligentes como Humanoide que lo consideran genial. Yo creo que a Bellatin le gusta ser percibido así. Estar en medio de la polémica y el escándalo.

A mí en lo particular me parece genial y, sin duda, uno de los escritores más propositivos y transgresores en lengua española de los últimos tiempos. Un verdadero maestro innovador de la novela corta. Para los que no me crean échenle un ojito a Flores: seguro no los dejará indiferentes. Bellatin no se permite esos lujos con sus lectores.
sábado, mayo 10, 2008
Los demonios de la lengua

Una historia secreta sobre las tentaciones
Alberto Ruy Sánchez
Punto de lectura
Es una bellísima novela que narra magistralmente la posesión demoníaca de un sacerdote jesuita, quien murió ahorcado por su propia lengua. Un relato en donde se funden la historia con la ficción, el bien con el mal y donde las trampas de fe se confunden con las trampas de la razón y el deseo. Quizá el sacerdote antes había creído tener contacto con Dios en una noche de éxtasis; pero tal vez sólo conoció al demonio del deseo. Bellamente ilustrada por los grabados de Joel Rendón. La obra en sí es un libro-objeto.
De la letra endemoniada
Tal vez por haber sido educado con jesuitas, el autor de este libro, Alberto Ruy Sánchez, escribió este relato sobre la duda y los límites confusos entre la razón, la fe y el éxtasis. Se inspiró en un jesuita célebre, el padre Jean Joseph Surin, exorcista histórico del convento de Loudun en el siglo XVII, poseído por los también célebres demonios Asmodeo y Zabulón. Sentir más que simplemente informar, reconstruir el lugar a través de las sensaciones , principios básicos de la educación jesuítica en los ejercicios de San Ignacio, sobre todo el ejercicio que consiste en imaginar del Infierno, están presentes en este relato. Para contar la historia del jesuita endemoniado por la lengua, el autor eligió a un dominico, orden inquisidora tradicionalmente enemiga de los jesuitas. Juan Ignacio Llorente fue un inquisidor disidente que ayudó a que se cerrará la Santa Inquisición al principio del siglo XIX. Como remate, en esta sucesión de relatos dentro de relatos, el autor cuenta los sueños eróticos poseídos de un sabio beato, patriota y mojigato de los siglos XIX y XX, que odiaba desde el fondo de su carne al heterodoxo Llorente, Marcelino Méndez y Pelayo.
Los demonios de la lengua fue publicado por primera vez en 1987 provocando reacciones adversas de algunos historiadores jesuitas pero también un ramillete de entusiasmos entre los heterodoxos de la orden. Hubo rápidamente varias ediciones y traducciones a otras lenguas, osadas adaptaciones de teatro y un grupo de rock lo adoptó como estandarte, como nombre del grupo y tema de su primera grabación. Los demonios de la lengua apareció el mismo año que al autor publicó Los nombres del aire. Los dos relatos eran como dos alas del mismo pájaro explorador del deseo. Vuelo con culpa, en el aire de la tradición cristiana, y otro sin culpa, retomando aliento en la tradición islámica . Esta última vertiente se convirtió en un cliclo de cinco libros al añadir En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, La mano de fuego y Nueve veces el asombro.
De formación literaria, estética y filosófica , doctorado en la Universidad de París, el autor ha recibido varios reconocimientos internacionales. Además de narrador es ensayista, poeta y editor. Desde 1988 dirige la casa editorial y la revista Artes de México. Pero él se considera sobre todo un nómada contador de historias, por lo que algunos lo han calificado como escritor viajero. Tal vez son Los demonios de la lengua quienes dicen algo más de este autor en su página electrónica: www.albertoruysanchez.com
De la imagen edemoniada
El artista Joel Rendón llegó a soñar con demonios y, ya despierto, a obsesionarse totalmente con ellos mientras revisaba los grabados clásicos, franceses, alemanes y flamencos que ilustraron las ediciones anteriores de Los demonios de la lengua. Se necesita estar poseído por ellos, decía el artista, para poder de verdad dibujarlos. Así, Joel Rendón los introduce como nadie en la espectacular tradición del grabado mexicano, haciendo para los demonios lo que Posada hizo para la calavera. Una mezcla paradójica de humor y gravedad, de inocencia y perversión, anima a sus demonios barrocos convirtiéndolos en una de las obras mayores del grabado mexicano contemporáneo. Antes de dar este cuerpo ilustrado a Los demonios de la lengua, Joel Rendón se había ocupado de otra obsesión de Alberto Ruy Sánchez, La melancolía, editando con él una carpeta de grabados con ese título en Artes de México, que ilustraron también la primera edición en Taurus de su libro de ensayos Con la literatura en el cuerpo.


martes, abril 29, 2008
Dos crímenes
Dos crímenesJorge Ibargüengoitia
Booket
Juan Goytisolo dice que la literatura más que la lectura necesita de la relectura y eso es justamente lo que me gusta hacer con mis escritores y obras favoritas.
Publicada originalmente en 1979, Dos crímenes, constituye quizá la cima de la narrativa de este excelso escritor guanajuatense. Al menos para mí, es ésta una de sus mejores novelas. La más trabajada en el aspecto dramático y con un profundo sentido de teatralidad inherente a su formación al lado de su mentor literario, el dramaturgo Rodolfo Usigli.En Dos crímenes Ibargüengoitia hace uso de la treatralidad y la trae de nuevo a la narrativa, como ha hecho antes con Los relámpagos de agosto (1964) y diez años después con Estas ruinas que ves (1974). Aquí vemos a un autor en plenitud de facultades, rodeado de sus obsesiones más evidentes: la clase media mexicana y sus problemas cotidianos; los hipócritas intereses de los futuros nuevos ricos de pueblo; la cachondez tan propia de nuestra raza y la ironía siempre presente en nuestra forma de ser y en todas sus obras.
Aquí, Marcos González es vinculado a un supuesto grupo terrorista que ha perpetrado un incendio en la pastelería El Globo, en la Ciudad de México. Así que decide ocultarse en un lugar apartado mientras pasa el peligro, su entrañable Muérdago, muy cerca de Cuévano (escenario de casi todas sus novelas) en el Estado de Plan de Abajo. (Lugar inexistente, pero curiosamente parecido al natal Guanajuato, México, del autor). Como no tiene dinero llega a la casa de su tío, Ramón Tarragona, el hombre más rico de la región. En los días que siguen, es perseguido por la ley, a pesar de su inocencia, teje, con las mentiras que cuenta, las pasiones que provoca entre su prima Amalia y la hija de ésta, Lucero; sus propias pasiones y las ambiciones de sus demás primos: Alfonso, Fernando y Gerardo, todos ellos hermanos de Amalia, hombres buenos para nada y malos para todo que sólo están esperando a que se muera el viejo para recibir la herencia; un enredo del que van a resultar dos crímenes, que a la mera hora resultan ser tres.

Con la maestría que lo caracteriza la novela está dividida en dos partes, la primera nos la narra el propio Marcos; y la segunda --en donde se develan muchos de los cabos sueltos de la trama--nos la cuenta Don Pepe Lara, boticario del pueblo y el mejor amigo de Don Ramón.
Los diálogos son geniales. Como siempre funcionan como estupendos disparadores de la historia, que muestran a una sociedad mexicana corrupta, convenenciera y en extremo truqulenta.
Para muestra esta célebre frase, dicha por uno de los policías que andan en busca del "Negro", como todo mundo conoce a Marcos: "La gente espera que la policía sea incorrupta, pero ¿porque ha de serlo, si todos somos humanos?"
Cabe mencionar que de la novela hay un estupenda adaptación cinematográfica a cargo de Roberto Sneider, con un reparto multiestelar encabezado por Demián Alcazar, [a quien por cierto veremos pronto como Lord Sopespian en la segunda entrega de Las Crónica de Narnia], José Carlos Ruíz y Pedro Armendáriz Jr., entre muchos otros.
martes, abril 15, 2008
Ulsises 2300
Ulises 2300Antonio Malpica
SM
Entretenida novela juvenil que narra las aventuras de un niño, quien resulta ser un genio para tocar el piano, pero sobre todo para jugar ajedrez. Ulises Bernal García, no sé si sea pariente de Gael García Bernal, es un chico tímido que está enamorado de Marina. Una chica que no lo pela demasiado, pues ella a su vez está enamorada de otro chico.
La trama es muy entretenida y tiene varios giros dramáticos interesantes. La manera en que Malpica la escribe es muy fluida y mantiene la atención del lector hasta el final.
A mí, por obvias razones, me gustaron más que nada las partes que tienen que ver con el ajedrez. Debido a que soy un jugador aficionado desde los 11 años, me sentí bastante compenetrado con el personaje de Salomón Narváez, alías Caballo loco, quien curiosamente es también periodista y maestro universitario como yo.

La obra ganó el prestigiado premio —en literatura juvenil— Gran Angular de 2003, que la editorial española SM convoca cada año. La novela se llama así, porque se supone que Ulises tiene ese Coeficiente ELO, que es un promedio con el que la Federación Internacional de Ajedrez mide la fuerza y nivel de un jugador. Según dicho coeficiente Ulises sería un GM (Gran Maestro), el nivel más alto al que puede aspirar todo jugador.
jueves, febrero 14, 2008
El complot Mongol
El complot MongolRafael Bernal
Booket
Esta novela apareció en 1969 y se ha convertido en un clásico que inauguró el género de la novela negra mexicana. Narrada con estilo agilísimo, lleno de humor negro y amargo, con una atmósfera de violencia sórdida que se esconde tras la fachada del emergente México moderno.
El complot Mongol sigue los avatares de un típico matón metido en la complicada tarea de desenmarañar una conjura internacional. Filiberto García, antiguo verdugo de un general villista, tiene que terciar con el un agente del FBI y otro de la KGB para desmantelar una intriga contra la paz mundial que se incuba en el “barrio chino” de la capital del país.
Sumergida entre las tiendas de curiosidades orientales, los restaurantes de comida cantonesa, detrás de los fumaderos de opio y los cafés de chinos, Filiberto García descubre que la conspiración —supuestamente iniciada en Mongolia— tiene mucho que ver con los vaivenes, traiciones, corruptelas y amarguras de la política nacional.
Esta es una de las novelas policíacas que más he disfrutado de las que he leído. Quizá por que tiene un estilo netamente mexicano, lleno de un humor y un lenguaje característicos de nuestra picardía. Una joya que con el paso del tiempo comprueba que fue escrita para entretener; pero también para perdurar.
domingo, diciembre 09, 2007
El camino de la pasión. López Velarde leído por Octavio Paz.

Octavio Paz
Seix Barral
Bella y profunda mirada de un poeta a otro. En este libro de ensayos, el único Premio Nobel de Literatura mexicano, hace una extensa e interesante lectura del poeta zacatecano. En sus páginas la lucidez y erudición acerca del arte poético se dejan leer con claridad en aras de entender mejor al poeta fundador “de la poesía mexicana”. Un amoroso estudio que nos lleva de la mano por las formas, influencias y los datos más importantes de la vida del autor de La suave patria.
El ensayo que da nombre al libro apareció por primera vez en forma de prólogo para la Anthologie de la poésie mexicaine, Nagel, París, 1952. Mismo del que reproduzco aquí los últimos párrafos, que hablan de la función del poeta y la poesía en nuestra sociedad contemporánea.
No hay poesía sin historia pero lo poesía no tiene otra misión que transmutar la historia.
Hecha de la sustancia misma de la historia y la sociedad: el lenguaje, la poesía tiende a recrearlo bajo leyes distintas a las que rigen la conversación y el discurso. La transmutación poética opera en la entraña misma del idioma. La frase —no la palabra asilada— constituye la célula, el elemento más simple del habla. La palabra no puede vivir sin las palabras; la frase, sin las frases. Una frase u oración cualquiera contiene siempre, implícita o explícita, una referencia a otro y es susceptible de ser explicada por otra frase. El lenguaje es un querer decir y de ahí que constituya un conjunto de signos y sonidos móviles e intercambiables. La poesía transforma radicalmente al lenguaje: las palabras pierden de pronto su movilidad y se vuelven insustituibles. Hay varias maneras de decir una cosa en prosa, sólo hay una en poesía. El decir poético no es un querer decir sino un decir irrevocable. El poeta no habla del horror, del amor o del paisaje: los muestra, los recrea. Irrevocables e insustituibles, las palabras se vuelven inexplicables —excepto por sí mismas. Su sentido no está más allá de ellas, en otras palabras, sino en ellas. Toda imagen poética es inexplicable: simplemente es. Y del mismo modo: todo poema es un organismo de significaciones internas, irreductibles a cualquier otro decir. Una vez más: el poema no quiere decir: dice. No es una frase o una serie de frases sino una indivisible constelación de imágenes, mundo verbal poblado de visiones heterogéneas o contrarias y que resuelven su discordia en un sistema solar de correspondencias. Universo de palabras corruptibles y pocas pero capaz de encenderse y arder cada vez que unos libros las rozan. A ciertas horas y por obra de ciertas bocas, el molino de frases se convierte en manantial de evidencias sin recurso a demostración. Entonces se vive en pleno tiempo. Al reafirmar a la historia, el poeta la disuelve, la desnuda, le muestra lo que es: tiempo, imagen, ritmo.
Cuando la historia parece decirnos que quizá no posee más significado que ser una marcha fantasmal sin dirección ni fin, el lenguaje acentúa su carácter equívoco e impide el verdadero diálogo. Las palabras pierden su sentido y, por tanto, su función comunicativa. La degradación de la historia en mera sucesión entraña la del lenguaje en un conjunto de signos inertes. Todos usan las mismas palabras pero nadie se entiende; y es inútil que los hombres quieran ponerse de acuerdo sobre los significados lingüísticos: el significado es incierto porque el hombre mismo se ha vuelto encarnación de la incertidumbre. El lenguaje no es una convención sino una dimensión inseparable del hombre. Por eso toda aventura verbal posee un carácter total: el hombre entero se juega la vida en una palabra. Si el poeta es hombre de palabras, poeta es aquel para quien su ser mismo se confunde con la palabra. De ahí, también, que sólo el poeta pueda fundar la posibilidad del diálogo. Se destino —y singularmente en épocas como la nuestra— consiste en “dar sentido más puro a las palabras de la tribu”. Mas las palabras son inseparables del hombre. Por tanto, la actividad poética no se resuelve fuera del poeta, en el objeto mágico que es el poema, sino en su ser mismo. Poema y poeta se funden porque ambos términos son inseparables: el poeta es su palabra. Tal ha sido, durante los últimos cien años, la empresa de los más altos poetas de nuestra cultura. Y no es otro el sentido del último gran movimiento poético del siglo: el surrealismo. La grandeza de esta tentativa —frente a la que ningún poeta digno de este nombre puede permanecer indiferente— consiste en que pretendió resolver de una vez, para siempre y a la desesperada, la dualidad que nos escinde: la poesía es un salto mortal o no es nada.
En las actuales circunstancias puede parecer irrisorio referirse a estas extravagantes pretensiones de la poesía. Jamás la dominación de la historia fue tan grande y nunca tan asfixiante la presión de los “hechos”. A medida que la exigencia despótica del quehacer inmediato se vuelve intolerable —pues se trata de un hacer para el que nadie nos pide nuestro asentimiento y que casi siempre está dirigido a deshacer al hombre—, la actividad poética aparece más secreta, aislada e insólita. Ayer apenas escribir un poema, enamorarse, asombrarse, soñar en voz alta, eran actos subversivos que comprometían el orden social, exhibiéndolo en su doblez. Hoy la noción misma del orden ha desaparecido, sustituida por una combinación de fuerzas, masas y resistencias. La realidad histórica ha arrojado sus disfraces y la sociedad contemporánea se muestra tal cual es: un conjunto de objetos “homogeneizados” por el látigo o la propaganda, dirigidos por grupos que no se distinguen del resto sino por su brutalidad.
En estas condiciones, la creación poética vuelve a la clandestinidad. Si el poema es fiesta, lo es a deshoras y en sitios poco frecuentados, festín en el subsuelo. La actividad poética redescubre toda su antigua eficacia por su mismo carácter secreto, impregnado de erotismo y rito oculto, desafío a una interdicción no por informulada menos condenatoria.
El poema, ayer llamado al aire libre de la comunión universal, sigue siendo un exorcismo capaz de preservarnos del sortilegio de la fuerza, el número y la ambigüedad. La poesía es una de las formas de que dispone el hombre para decir NO a todos esos poderes que, no contentos con disponer de nuestras vidas, también quieren nuestras conciencias.
viernes, diciembre 07, 2007
Lady Clic
Ricardo Bernal.
Juan Goytisolo —célebre escritor español— dice que una de las partes más gozosas de la literatura es la relectura. Cuando el lector —y en cierta medida, el texto— ha cambiado debido a las experiencias y expectativas del primero.
Recientemente releí la novela corta Lady Clic del escritor Ricardo Bernal. Me pareció un bello relato sobre la infancia, y uno de sus principales temores: la maestra, en este caso encarnado en la figura Lady Clic, quien a su vez cumple con todas las características de las brujas de los cuentos infantiles.
Bernal es un profesor de literatura fantástica, de ciencia ficción y de horror, y en este breve relato pone de manifiesto su oficio. Escrita con una sencillez aparente, el relato es entretenido y expone una faceta poco explorada por otros escritores en nuestras letras. Es difícil encontrar un ejemplar de la novela, pero si lo ven por ahí en alguna librería de viejo, o convención de comics no duden en mercarlo.
Gárgolas
Por su parte, al anverso se halla un pequeño libro de relatos fantásticos que prefiguran el universo y la atmósfera de Lady Clic. Un libro que se deja leer con mucha facilidad. Bastante recomendable para niños perversos y precoces.
jueves, noviembre 01, 2007
Absoluto amor

Absoluto amor. [En Poesía completa]
Efraín Huerta.
Fondo de Cultura Económica.
1935.
ODA DEL DESTIERRO.
De vena en vena los sonidos grises
y los gritos de mármol de tu abrazo.
He de buscar un día nuestra esperanza
unificada, ausente de tu boca,
inmóvil en los dedos del tiempo,
ansiosa de mi pecho. Con líneas
de jardín y serpiente.
la firma de tu voz, como decir
ahogado entre los labios.
Qué tranquila mi mano
en tus recuerdos, en toda la extensión
de la palabra ausencia.
De pronto el pensamiento que se mece
en llamas de claveles, y nardos
como rayos de humo, y senos
como espacios de plata y azul.
Elegida por mí tu cruel memoria
muy blanca en mi cerebro, prendida
en los cabellos de mi sombra.
Tu virtud que serena soledades
y nudos de minutos, que siembra
tan segura de sí misma
la desnudez del pulso, qué redonda,
vestida de palabras y misterios.
Y tu cuerpo violeta, como noche
nacida en las arterías del tiempo.
Y tu beso pequeño.
Destierro. La inicial de tu nombre
es un destierro negro sin ruta
y sin conciencia. Tus ojos
son espejos al paso de la niebla.
Te amo. Mi amor que va en silencio,
naciendo de su sueño, en el umbral
de tu alma, en torno de sí mismo,
se sabe dibujado
en un paisaje de agua
con los nervios de vidrio. Ahí:
con las espinas de mi pregunta herida
y las manos de asfixia del destierro.
ELEGÍA
Ahora te soñé, así como eras: sin deslices en la voz,
con inmóviles sombras en los brazos
y tus geniales segundos de estatua.
Así como eres todavía: copiándote a ti misma,
cuando no eres ya sino la espuma de tu propia vida.
Bien te sentí en mi sueño como verso divinizado.
Mi tristeza no cabía en el fondo de mi dolor
y fue a manchar la noche de violeta.
El propio ruido de tus piernas habría despertado
los estanques, los recuerdos que a veces olvidamos en los huecos
de los jardines,
las horas que nunca fueron más allá
de donde hoy se desangran segundo por segundo,
el silencio de muchas ventanas,
antiguos y pulidos razonamientos, montañas de destinos.
De un seno tuyo al otro sollozaba un poco de ternura.
Anoche te soñé y no puedo decirte mañana mi secreto
—porque el amor es un magnífico manzano
con frutos de metal envueltos en piel de inteligencia,
con hojas que recuerdan gravemente el futuro
y raíces como brazos sumidos en una nieve de santidad—
la misma ruta de mis dedos no podría encontrarte
ahí donde te guardas tan perfecta.
Yo no sabría elegir sino violentamente mi presencia:
te llenaría de asombro; acaso tu memoria no me crea.
Mi fatiga te gritaría un absoluto amor.
Por el cristal de aumento de la luna
la sonrisa de Dios estallaría.
Y mi cuerpo se deshace en gotas de mañana.
ABSOLUTO AMOR
Como una limpia mañana de besos morenos
cuando las plumas de la aurora comenzaron
a marcar iniciales en el cielo. Como recta
caída y amanecer perfecto.
Amada inmensa
como una violeta de cobalto puro
y la palabra clara del deseo.
Gota de anís en el crepúsculo
te amo con aquella esperanza del suicida poeta
que se meció en el mar
con la más grande de las perezas románticas.
Te miro así
como mirarían las violetas una mañana
ahogada en un rocío de recuerdos
Es la primera vez que un absoluto amor de oro
hace rumbo en mis venas
Así lo creo te amo
y un orgullo de plata me corre por el cuerpo.
1935.
Gran conversador —que por ello padeció especialmente la tremenda operación de 1973—, bebedor infatigable y lúcido, lector voraz y desordenado —pero de un ejemplar sentido del orden en el momento de sentarse ante la máquina de escribir, con libros y recortes a la mano—, amigo leal y padre cariñosísimo, fue un adorador de la Mujer y asimismo de las mujeres, si entendemos el sustantivo con mayúscula inicial en su sentido trascendental, semidivino, y el segundo sustantivo en plural (mujeres) en todo su significado cotidiano y carnal. Fue, por ello, un ferviente buscador de presencias y esencias, un hombre del espíritu y un individuo que buscaba en lo que sucede todos los días alguna maravilla, grande o pequeña —y solía encontrarla con pasmosa frecuencia. Fue además un mexicano amantísimo de su país, que por turnos lo encolerizaba y lo enternecía; mejor dicho, lo irritaba y entristecía ver cómo México se convertía en teatro del deshonor y de la violencia del poder, así como lo conmovía advertir la íntima nobleza de tantos compatriotas. El talante patriótico, que no patriotero, y el erotismo se traban con energía y brillantez admirables para fluir en el poema de 1980 titulado —para anunciar desde ahí su propósito doble— Amor, patria mía. [Fragmento del prólogo al libro de Poesía completa, escrito por David Huerta].
sábado, octubre 27, 2007
La jaula de la melancolía: desentrañando lo MEXICANO.

Roger Bartra
CONACULTA
Roger Bartra, atropólogo por vocación, analista político, estudioso de la sociología, ha publicado más de una docena de libros, en los cuales las preocupaciones sociales, estéticas y filosóficas se mezclan por igual en una dosis curiosa que da como fruto un ensayo libre, sagaz e inteligente. La jaula de la melancolía fue, desde su publicación a mediados de los ochenta, un clásico del pensamiento sobre lo mexicano o lo posmexicano como desde entonces se ha dicho.
Libro central de la reflexión contemporánea en nuestro país, se ha visto acrecentado desde entonces por sus recientes investigaciones sobre el mito del salvaje y sobre las raíces del pensamiento melancólico.
El ensayo se divide en seis capítulos que son: El Edén subvertido, El luto primordial, El héroe agachado, Hacia la metamorfosis, Almas quemadas y ¿Tiene sentido ser mexicano?
Al lado del Laberinto de la soledad de Octavio Paz, éste es un libro que habla de la complejidad que subyace implícita en nuestra cultura desde el momento mismo de su gestación hasta nuestros días. Un libro que toda persona interesada en la idiosincrasia del mexicano y su particular cosmovisión debe leer y releer con detenimiento. Libro pequeño, pero que invita a la enorme reflexión sobre nuestros orígenes y la complejidad de nuestra enorme legado cultural.
martes, octubre 23, 2007
La palabra educación. Literatura oral de Juan José Arreola.
Literatura oral de Juan José Arreola.
Jorge Arturo Ojeda. (Compilador)
SEP-SETENTAS
1973.
Obra inédita de Juan José Arreola. Literatura oral que podría haberse perdido, pero que gracias al trabajo cuidadoso de Jorge Arturo Ojeda, (autor de libros como Octavio, Piedra caliente, Carne y Hueso, Abominación, Personas Fatales y Hombres Amado) aparece en forma de libro bajo un título no menos certero: La palabra educación, compendio de entrevistas, charlas, conferencias y cátedras que el último de los juglares diera a lo largo de su vida.
El volumen se divide en seis grandes temas: VIDA, CULTURA, CONCIENCIA, LOS JÓVENES, EL MAESTRO y LA PALABRA, en donde el maestro se explaya acerca de tópicos que siempre le interesaron profundamente como: la educación; la necesidad de hallar la verdadera vocación; el conocer la importancia de ser un hombre o una mujer culta; la enorme responsabilidad de los maestros para con sus alumnos; la responsabilidad de los alumnos con su propio conocimiento y los cambios revolucionarios que deben hacer para mejorar siempre la sociedad en donde les ha tocado vivir.

Un Arreola desconocido para muchos: el Arreola oral no es menos lúcido que el autor de Varia invención (1949), Confabulario (1952) y La Feria (1963), entre otros. Para muestra aquí van estas perlitas de sabiduría.
La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la creación divina. Una vez cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente una especie de vacío que trata de colmar. De allí el origen de todas las diversiones, desde el simple juego hasta los más engreídos frutos de la cultura.
La cultura consiste en ponerse uno en el espíritu lo que le pertenece, aunque no lo haya pensado. Hay poemas enteros que los siento totalmente míos porque me dicen a mí mismo, me ayudan a saber quién soy; cuando los recito parece que yo los estuviera componiendo porque los vivo. La cultura es auténtica cuando revive en nosotros. Puedo repetir de pronto un pasaje de un poeta oscuro o apoyarme en un filósofo sin percatarme. Soy un actor del conocimiento porque lo represento ante los demás, no porque sea yo un sabio.
La cultura es una adopción real, íntegra, plena, de lo que nos ha precedido en el mundo del conocimiento, pero nosotros tenemos que refrendarle el valor consagrado poniéndolo a circular en nuestra propia sangre. Una pieza de teatro, una película, un libro nos interesa cuando les damos nuestro tiempo auténtico a cambio de ese seudo tiempo que está en la obra de arte.
Cuando se habla de cultura debemos apartar de nuestra mente la idea de ciertos refinamientos del gusto y la abstracción. La verdadera cultura es la concepción del mundo. Si la redondez total del conocimiento ahora es imposible, el hombre culto siempre tiene al alcance los datos que pueden hacerle comprender el universo físico y espiritual que lo rodea, así como las peripecias esenciales que nos han llevado o traído a ese conocimiento en generaciones sucesivas, a partir del primer hombre que se preguntó quién era y por qué estaba en el mundo. Quien renuncia a enterarse de algo que nos de su competencia porque cree que pertenece a otro ámbito, se excomulga automáticamente del gremio universitario y se va a vivir como falso Robinson a un islote de especialista. Hombre culto es el que está con los demás en comunicación activa. Un centro emisor de humanidad con ideas y actitudes que se ajustan armoniosamente a la realidad inmediata de cada día.
El libro ya no se consigue. Pero espero poder hacer una copia digital, para todos aquellos que estén interesados en conocer una faceta poco explorada de este autor mexicano de culto. Una faceta que para muchos no es del todo desconocida; pero a la que es difícil arribar.
miércoles, octubre 10, 2007
Música concreta: terror de lo cotidiano.

Amparo Dávila.
FCE.
1962
El terror más profundo es aquel que proviene de lo intangible. Aquel que puede aparecer en cualquier momento de aquello que llamamos normalidad. Ese que puede estar agazapado en algún resquicio de "nuestra vida cotidiana". Ese terror que pende de un hilo casi imperceptible. Ese terror que todos hemos experimentado de una manera u otra, es precisamente el hilo conductor de las ocho historias que conforman este maravilloso libro de cuentos; de una de las escritoras de culto más interesantes en nuestra tradición mexicana.
Amparo Dávila es al terror lo que Elena Garro es a la dramaturgia con tintes de realismo mágico. Dávila es al terror como José Revueltas es a la disquisición filosófica y política de la exitencia. Dávila es al terror lo que Juan García Ponce es al erotismo. Dávila es al terror lo que Ibargüengoitia es a la comedia: toda una maestra del género.
Para Dávila el cuento es su forma natural. Desde sus primeros trabajos definió su incomparable estilo, inclinado a abordar con sencillez los temas. Mas, dentro de la acción lenta a que es aficionada la autora, suele hallarse furtivamente la violencia que presta singular movimiento a las descripciones. Lo imprevisto es la savia que, en cada página, reanima el suave deslizamiento hacia lo trágico.
Los personajes están presentes con la naturalidad de aquellas personas con quienes nuestro trato es amistoso, y las reacciones se apegan a su vez a las circunstancias no siempre lejanas de la locura.
Todas las historias tienen una carga trasgresora y perturbante. Quizá porque todos sus personajes provienen de los moldes más simples de lo cotidiano. Personajes normales, que de pronto experimentan el vértigo máximo de hallarse ante los límites más extremos.
Arthur Smith es la historia de una extraña pérdida familiar. Música concreta habla de los peligros de la compasión exacerbada. El jardín de las tumbas, explora la muerte desde una perspectiva inusual. Detrás de la reja trastoca la realidad de una manera perturbante. El desayuno muestra el talento de la autora para hacer de lo que parece un cuento normal sobre las pesadillas una verdadera joya de la literatura fantástica. Matilde Espejo habla del mundo de lo aparente, en donde, de pronto, todo puede tornarse sórdido e inquietante. Tina Reyes narra de manera magistral uno de los temores más universales: el miedo a estar solo. Una joven atractiva que teme quedarse sola, halla una salida macabra para su problema cuando un desconocido la aborda en un camión. Finalmente, El entierro, muestra un tratamiento distinto al tema de la muerte. Un cuento que hermana a la autora con Francisco Tario y Juan Rulfo, dos escritores más de culto.
Música concreta es una exploración lúcida y sórdida de los demonios que todos llevamos dentro. Los traumas, temores sicológicos y fobias que cada uno de nosotros lleva consigo, son expuestos con una visión única y llena de elementos muy mexicanos, y por lo mismo universales.
viernes, septiembre 21, 2007
La vida que se va

Vicente Leñero.
Punto de Lectura.
2003.
Esta novela me fascinó por su estrecha relación con el ajedrez. Una de mis grandes pasiones, a la par de la literatura. Una pasión compartida con millones de personas en el mundo y también con el escritor, dramaturgo, guionista y periodista tapatío, Vicente Leñero, que desde que tengo memoria siempre habla de una manera o de otra de este juego imposible como lo denominara, otro autor también tapatío, Juan José Arreola. Recuerdo con especial interés una entrevista que le hiciera a Arreola, durante el transcurso de una partida. Así como un artículo suyo publicado en la Revista de la Biblioteca México, que se titula La defensa Topalov.
La vida que se va es una cátedra de cómo debe contarse una novela; cómo deberíamos afrontar el fenómeno literario; así como de las relaciones intrínsecas entre ajedrez-vida y ajedrez-literatura. Por una parte, la historia narra las diversas versiones de las memorias que una enclenque anciana, Norma, (apasionada Gran Maestra de ajedrez) cuenta a un joven periodista, quien se compromete a ordenarlas y escribirlas en forma de libro. Simultáneamente, Leñero juega con la estructura de las historias que va contando la anciana, como si la novela fuera una partida de ajedrez en donde con cada movimiento se modifican las posibilidades, fortalezas y debilidades de cada bando.
En esta amena novela el autor de Los albañiles se cuestiona acerca del hecho de cuáles serían todas las cosas en que podríamos convertirnos en una sola vida; si tuviéramos la oportunidad de experimentar todas y cada una de las posibilidades que la vida nos presenta. Es decir, seguir siendo uno mismo, pero bajo el contexto de una multiplicidad infinita de historias posibles.
La novela habla en sí todo el tiempo del complejo arte de contar mentiras que parezcan verdad1, conocido como literatura; que en esta ocasión se combina con el no menos milenario arte de las posibilidades infinitas, conocido como ajedrez. Artes combinatorios ambos. Artes antiguas, siempre inmarcesibles. Artes recreativas, que ayudan a quienes son partícipes de ellas dar un vistazo a lo infinito.
Historia, estructura, uso del lenguaje, enredos y un ritmo envidiable hacen de esta novela un imprescindible para los que aman las historias literarias bien contadas, así como para lo que se devanan los cesos ante las posibilidades que la vida les presenta a manera de un problema complejo de ajedrez.
La vida que se va ofrece desde otra perspectiva, la extraña sensación de estar ante el vértigo de experimentar una vida que quizá ni siquiera sea realmente nuestra, sino un complejo rompecabezas, producto solamente de nuestra desenfrenada —y a veces convenenciera— imaginación.
Nota: Este libro es una cortesía de la biblioteca personal del profesor Mauricio Mejía, buen lector y fotógrafo. Si quieres saber más de él checa su
1. Como diría otro autor tapatío, Juan Rulfo, refiriéndose a la literatura.
miércoles, julio 25, 2007
Una sombra que pasa.

Jaime Turrent.
DEBATE.
El suicidio de un hombre en un café es el catalizador de esta novela fragmentaria que cuenta historias cotidianas y extrañas, decadentes y sorprendentes, donde el lenguaje se violenta, y se pone a prueba ante el lector, hasta llegar al límite de expresar lo que no quiere expresar porque se debate entre la verdad y la mentira de los acontecimientos hechos ficción.
Más que una novela parece una compilación de cuentos decadentes. Algunas historias son chuscas; otras son bastante decadentes y oscuras; y otras son francamente cachondas. El lector interesado puede leer aquí un fragmento erótico de la novela: para mí una de las partes mejor logradas del conjunto.
Al principio la historia parece de lo más convencional, sin embargo, en la medida en que te dejas llevar por esta especie de verborrea salvaje que caracteriza el estilo y el tono desaforado de la escritura de Turrent, comienzas a internarte por laberintos complejos en donde la realidad aplastante de lo cotidiano se entremezcla con la oscuridad de la ficción de este autor mexicano, de quien no había tenido la oportunidad de leer nada previamente. La verdad es que me dejó con un grato sabor de boca y recomiendo la lectura de esta obra para aquellos cuyo temperamento guste de navegar por las costas más perturbadoras y oscuras de la condición humana.
domingo, junio 24, 2007
El converso

Entre Dios y yo todo ha quedado resuelto desde el momento en que he aceptado sus condiciones. Renuncio a mis propósitos y doy por terminadas mis labores apostólicas. El infierno no podrá ser suprimido; toda obstinación de mi parte será inútil y contraproducente. Dios se ha mostrado en esto claro y definitivo, y ni siquiera me permitió llegar a las últimas proposiciones.
Entre otros deberes, he contraído el de hacer volver atrás a mis discípulos. A los de la tierra, se entiende. Los del infierno seguirán esperando inexorablemente mi regreso. En lugar de la redención prometida, no habré hecho más que añadir un nuevo suplicio: el de la esperanza. Dios lo ha querido así.
Yo debo volver al punto de partida. Dios se niega a iluminarme y debo colocar mi espíritu en el plano en que se hallaba antes de seguir el camino equivocado, esto es, en vísperas de recibir las órdenes menores.
Nuestro coloquio se ha desarrollado en el sitio que ocupo desde que fui arrebatado del infierno. Es algo así como una celda abierta en lo infinito y ocupada totalmente por mi cuerpo.
Dios no acudió inmediatamente. Por el contrario, me pareció una eternidad la espera, y un sentimiento de postergación indecible me hacía sufrir más que todos los suplicios anteriores. El dolor pasado era un recuerdo grato en cierta manera, ya que me daba ocasión de comprobar mi existencia y de percibir los contornos de mi cuerpo. Allí, en cambio, me podía comparar a una nube, a un islote sensible, de márgenes constituidas por estados cada vez más inconscientes, de manera que no lograba saber hasta dónde existía ni en qué punto me comunicaba con la nada.
Mi sola capacidad era el pensamiento, siempre más desbordado y potente. En la soledad tuve tiempo de andar y desandar numerosos caminos; reconstruí pieza por pieza edificios imaginarios; me extravié en mi propio laberinto, y sólo hallé la salida cuando la voz de Dios vino a buscarme. Millones de ideas se pusieron en fuga, y sentí que mi cabeza era la cuenca de un océano que de pronto se vaciaba.
Está por demás aclarar que fue Dios quien puso todas las condiciones del pacto, y que a mí sólo me reservó el privilegio de aceptarlas. No fortaleció mi juicio en modo alguno; el arbitrio fue tan completo, que su imparcialidad me parece falta de misericordia. Se limitó a indicarme los dos caminos: recomenzar mi vida, o ir de nuevo al infierno.
Todos dirán que el asunto no era para pensarse y que debí decidirme inmediatamente. Pero tuve que dudar mucho. Volver atrás no es cosa sencilla; se trata nada menos que de inaugurar una vida deshaciendo los errores y salvando los obstáculos de otra; y esto, para un hombre que no ha dado muestras de gran discernimiento, exige una serenidad y una resignación que Dios mismo echa de menos en mi persona. No sería difícil errar otra vez y que el camino de salvación se desviara nuevamente hacia el abismo.
Además, en mi conducta futura está incluida toda una serie de actos insoportables, de humillaciones sin cuento: debo someterme y aclarar públicamente mi nueva situación. Han de saberlo todos, discípulos y enemigos. Los superiores cuya autoridad desprecié recibirán las cumplidas muestras de mi obediencia. Juro que si entre tales personas no se hallara fray Lorenzo, la cosa no sería tan grave. Pero es él precisamente quien debe enterarse primero y aparecer como agente de mi salvación. Tendrá a su cargo la vigilancia estrecha de mi vida, y cada una de mis acciones deberá desnudarse ante sus ojos.
Volver al infierno es también una idea desalentadora; porque no se trata únicamente de condenación, sino de algo más fundamental: del fracaso de toda mi labor. Mi presencia en el infierno carece ya de sentido, no tiene importancia, desde el momento en que volvería incapacitado para convencer a nadie, para alentar la menor esperanza, ya que Dios ha puesto punto final a mis ensueños. Esto, descontando la naturalísima circunstancia de que en el infierno todos habrían de sentirse defraudados. Llamándome farsante y traidor, darían a mi mudanza interpretaciones malignas y torcidas; se dedicarían, sin duda alguna, a martirizarme in aeternum por su cuenta...
Y aquí estoy, al borde del tiempo, asistido de mis más precarias cualidades, hablando de miedos mezquinos, haciendo gala de amor propio. Porque no puedo olvidar el éxito que obtuve en el infierno. Un triunfo, me atrevo a asegurarlo, que no han visto los apóstoles de la tierra. Era un espectáculo grandioso, y en medio estaba mi fe, inquebrantable, multiplicada, como una espada resplandeciente en las manos de todos.
Fui a dar de bruces en el infierno, pero no dudé un solo instante. Rodeado de diablos tenebrosos, la idea de perdición no pudo abrirse paso en mi cabeza. Legiones de hombres sufrían tormento en máquinas horribles; sin embargo, a cada hecho desolador, mi fe respondía: Dios quiere probarme.
Las dolencias que en la tierra me causaron mis verdugos no parecían interrumpirse, sino que hallaban una exacta continuación. Dios mismo ha examinado todas mis heridas y no ha podido discernir cuáles me fueron causadas en el mundo y cuáles provenían de manos diabólicas.
No sé cuánto estuve en el infierno, pero recuerdo con claridad la rapidez y la grandeza del apostolado. Me di incansablemente a la tarea de trasmitir a los demás las convicciones propias: no estábamos definitivamente condenados; el castigo subsistía gracias a la actitud rebelde y desesperada. En vez de blasfemar, había que dar muestras de sacrificio, de humildad. El dolor sería el mismo y nada iba a perderse con hacer una prueba. Pronto volvería Dios su vista hacia nosotros, para darse cuenta de que habíamos comprendido sus secretos fines. Las llamas cumplirían su obra de purificación y las puertas del cielo iban a abrirse ya a los primeros perdonados.
Pronto empezó a tomar vuelo mi canto de esperanza. El venero de la fe comenzó a refrescar los corazones endurecidos, con su dulce acento olvidado. Debo confesar ciertamente que para muchos aquello significaba sólo una especie de novedad a lo largo de la cruel monotonía. Pero al clamor se unieron hasta los más empedernidos, y hubo demonios que olvidaron su condición y se sumaban resueltamente a nuestras filas. Se vieron entonces cosas sorprendentes: condenados que iban ellos mismos a los hornos y se aplicaban contra el pecho brasas y cauterios, que saltaban a las calderas hirvientes y bebían con deleite largos vasos de plomo fundido. Demonios temblorosos de compasión iban a ellos y los obligaban a tomar reposo, a hacer una tregua en su actitud conmovedora. De lugar abyecto y abisal, el infierno se había transformado en santo refugio de espera y penitencia.
¿Qué harán ellos ahora? ¿Habrán vuelto a su rebeldía, a su desesperación, o estarán aguardando con angustia mi regreso a un infierno que ya no podré mirar con ojos de iluminado?
Yo, que rechacé todos los argumentos humanos, que vi sonreír el rostro de Dios detrás de todos los tormentos, debo confesar ahora mi fracaso. Me cabe el alivio de que fue Dios mismo quien me desengañó, y no fray Lorenzo. Me ha sido impuesto el sacrificio de reconocerlo como salvador para castigar suficientemente mi vanidad; y el orgullo que no se rompió en los potros, irá a doblarse ante sus ojos crueles.
Y todo gracias a que yo quise vivir a la buena de Dios. Cosa sorprendente, vivir a la buena de Dios trae los peores resultados. A Dios ofende una fe ciega; pide una fe vigilante, sobrecogida. Yo aniquilé totalmente la voluntad, y por mi espíritu y por mi cuerpo transitaron libremente los instintos y las virtudes. En vez de dedicarme a clasificar, puse todas las fuerzas en la fe, para hacer de mi quietismo una llama recóndita y potente; y las acciones, las dejé al capricho de esa fuerza oscura y universal que mueve cuanto existe sobre la tierra.
Todo esto se vino abajo de golpe, cuando me di cuenta de que los actos, buenos y malos, que yo había remitido al depósito de la conciencia general —vana creación de nuestra mente de herejes—, se hallaban estrictamente anotados en mi cuenta personal. Dios me hizo comprobar la existencia de balanzas y registros; señaló uno por uno mis errores y me puso ante los ojos la afrenta de un saldo negativo. Yo no tuve a mi favor sino la fe, una fe totalmente errada, pero cuya solvencia Dios quiso reconocer.
Me doy cuenta de que en mi caso se comprueba la predestinación, pero ignoro si estaré a salvo durante la nueva tentativa. Dios ha fortalecido reiteradamente mi incertidumbre y me ha soltado de sus manos sin una sola prueba palpable, con igual turbación ante los diferentes caminos que se abren a mis ojos inexpertos. La humana incapacidad ha sido cuidadosamente restaurada; lo veo todo como un sueño y no traigo ni una sola verdad como equipaje.
Poco a poco las fronteras de mi cuerpo se reducen. El vago continente va incorporándose a la masa de mi persona. Siento que la piel envuelve y limita la sustancia que se había derramado en un orbe de inconsciencia. Renacen lentamente los sentidos y me comunican con el mundo y sus objetos.
Estoy en mi celda, sobre el suelo. Veo el crucifijo de la pared. Muevo una pierna, palpo mi frente. Mis labios se remueven; percibo ya el soplo de la vida y trato de articular, de ensayar las palabras terribles: "Yo, Alonso de Cedillo, me retracto y abjuro..."
Luego, frente a la reja, con su linterna en la mano, observándome, distingo a fray Lorenzo.
EN: CONFABULARIO DE JUAN JOSÉ ARREOLA.
Confabulario.
Obras
Confabulario.
Juan José Arreola
Fondo de Cultura Económica.
1995.
Confabulación.- Conjuración.
Confabulador.- Que se confabula.
Confabular.- Tratar una cosa entre dos o más personas. Conspirar, conjugarse.
Confabulario (1952) es uno de los libros de cuentos más interesantes de la obra narrativa de Juan José Arreola. Sin duda uno de los libros de cuentos más trascendentes de cuantos se han escrito en México. Significó la aparición de su primer gran obra, tras la publicación de Varia Invención (1949).
En Confabulario se exponen de una manera por demás teológica, existencial y teológica temas que interesaran siempre a su autor: la presencia y ausencia de Dios; las tentaciones y espejismos seductores que nos ofrece el diablo a los humanos; la idea de la mujer, el deseo y la lujuría; el tiempo y los laberintos que provoca en nuestra conciencia y cerebro (muy al estilo de Jorge Luis Borges); el desmoramiento y decadencia de la sociedad humana a partir del arribo de nuevas tecnología; y su enorme pasión por el uso de un lenguaje profundamente literario.
A Arreola le interesa no sólo contar una historia interesante, sino también utilizar un lenguaje barroco y preciosista para contarla. En ese aspecto, es muy distinto a Juan Rulfo —mi escritor favorito de todos los tiempos—, el otro escritor de Jalisco de su generación quien construyo también una mitología entorno a "lo mexicano" a base de un lenguaje también artificial y poético, pero que aparenta ser sencillo y natural. A Arreola le interesa que su lector se dé cuenta precisamente de esta artificialidad lingüística. De su erudición y de su necesidad de contar historias "perfectas" en más de un sentido.
Los 28 cuentos que comprenden este volumen son: Parturient montes, En verdad os digo, El rinoceronte, La migala, El guardagujas, El discípulo, Eva, Pueblerina, Sinesio de Rodas, Monólogo del insumiso, El prodigioso miligramo, Nabónides, El faro, In memoriam, Baltasar Gérard, Baby H. P., Anuncio, De balística, Una mujer amaestrada, Pablo, Parábola del trueque, Un pacto con el diablo, El converso, El silencio de Dios, Los alimentos terrestres, Una reputación, Corrido y Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos. Muchos de ellos han aparecido en incontables antologías de cuentos. Además de fungir como modelos de estudio para todos aquellos que quieren escribir cuentos.
El trabajo que Arreola hizo con el lenguaje en esta obra es simplemente excepcional y nos dan una clara muestra de lo que sería su poder fabulador para crear universos llenos de fantasía, referencias literarias, teológicas, fantásticas y muy cercanas a las inquietudes humanas. En ese sentido podemos decir que aplicó sustancialmente la idea de Alfonso Reyes de convertirse en universal, hablando desde el ámbito local.
Juan José Arreola, el último juglar, uno de los mejores escritores mexicanos de todos los tiempos, que curiosamente no terminó siquiera la instrucción primaria.














